Un artista al que llamaban «Paquete»

El Real Zaragoza de la primera mitad de los años 90 fue un equipo reconocido por su fútbol alegre y ofensivo, que le llevó situarse entre los mejores de la competición liguera española. Su (por entonces) joven técnico, Víctor Fernández, supo sacar un gran rendimiento de una plantilla formada por buenos jugadores nacionales, con una muy buena aportación de extranjeros de calidad, que convirtieron a los blanquillos en un conjunto temible. Entre los nombres más destacados de aquella plantilla se encontraban los Cedrún, Belsué, Cáceres, Aguado, Santi Aragón, Nayim, Poyet, Pardeza, Esnáider y el que, probablemente, fuese el jugador más desequilibrante y peligroso pero, a su vez, uno de los menos reconocidos de aquel equipo: Higuera.

Francisco “Paquete” Higuera (Escurial, Cáceres, 30/01/1965) fue un jugador de gran calidad, muy habilidoso, inteligente y genial, que mostró sus mejores cualidades como segundo delantero o extremo, aunque también se desempeñó como delantero centro. Vivió su infancia en tierras extremeñas, trasladándose con su familia a Mallorca posteriormente. Debutó con 17 años en el Mallorca en Segunda División, en la temporada 1982/83, jugando ya 16 partidos y anotando 2 goles. Permaneció en el club bermellón durante seis temporadas, en las que alternó la Primera y la Segunda División, convirtiéndose en uno de sus puntales a partir de la tercera de ellas. El delantero llamó la atención de muchos equipos por sus cualidades, pero finalmente fue el Zaragoza quien lo fichó en la temporada 1988/89.

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Enseguida se convirtió en uno de los referentes zaragocistas y también en uno de los ídolos de la afición, a pesar de que tuvo sus momentos de amor y de odio con esta, que tan pronto lo ascendían a los altares cuando todo iba bien, como la tomaban con él cuando los resultados no marchaban. Sus dos primeras temporadas en La Romareda se pueden considerar como muy buenas para Higuera, siendo uno de los puntales del equipo de Radomir Antic. Sin embargo, las cosas se complicaron en la campaña 90/91, bajo la dirección inicial del uruguayo Ildo Maneiro, quien tuvo que ser sustituido por Víctor Fernández (entrenador del filial de 30 años), en la que los zaragocistas estuvieron coqueteando con el descenso y tuvieron que jugar una dificilísima promoción contra el Real Murcia. Tras empatar a 0 con muchas dificultades en La Condomina, el Zaragoza sacó todo su potencial en el partido de vuelta y venció por 5-2 a los granas, con una exhibición comandada por Higuera con un gol y varias asistencias.

Ese partido cambió el destino del club, que pasó en una temporada de ver de cerca la Segunda División a clasificarse para la UEFA en la temporada 1991/92. Y también continuó la formación del grupo que tanto daría que hablar en las siguientes temporadas, con Higuera como uno de los puntales. En cambio, el rendimiento liguero del Zaragoza se vio afectado en la campaña 92/93 por las otras dos competiciones que disputaron: la UEFA, en la que fueron eliminados en octavos de final por el Borussia Dortmund y la Copa de Rey, en la que llegaron a la final pero la perdieron con el Real Madrid. Al final, terminaron en media tabla, a pesar de contar con el lateral internacional alemán Andreas Brehme, quien no cuajó y abandonó la disciplina maña antes de acabar la temporada.

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La temporada 1993/94 fue muy buena tanto para Higuera como para el equipo. El Zaragoza realizó una gran remontada, tras un horrible inicio, y terminó la competición doméstica en tercera posición. Pero, además, volvieron a llegar por segundo año consecutivo a la final de la Copa, esta vez jugando ante el sorprendente Celta de Txetxu Rojo, a quien vencieron en la tanda de penaltis tras el 0-0 del partido. Higuera fue el encargado de marcar el último penalti que dio el título, además de aportar 12 goles en Liga (su récord), con algunas actuaciones memorables, como en la victoria por 6-3 al Dream Team de Cruyff, en la que Higuera fue una auténtica pesadilla para la defensa blaugrana, anotando un gran gol de vaselina y humillando a Zubizarreta antes de asistir a Poyet para que hiciese el último gol blanquillo. Como premio a su gran rendimiento, Javier Clemente lo hizo debutar con la Selección Española en un partido ante Croacia.

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La siguiente campaña, la 94/95, volvería a ser histórica para el Real Zaragoza y para Paquete Higuera. Comenzó con la disputa de la Supercopa de España, en la que los maños perdieron ante el Barça, no sin llevar al conjunto de Cruyff al límite, con una impresionante victoria por 4-5 en el Nou Camp que hizo temblar a los culés, quienes habían vencido por 0-2 en el feudo zaragocista días antes. Higuera volvió a hacer una exhibición ante los blaugranas, con un hattrick. El Zaragoza solo pudo ser séptimo en liga, aunque llegó a ser líder al inicio. En Copa cayeron en octavos ante el Albacete. Pero todo tiene su explicación: y es que los de Víctor Fernández centraron todos sus esfuerzos en la Recopa europea, competición en la cual terminarían ganando y haciendo historia, tras eliminar a grandes equipos como el Feyenoord en cuartos, al Chelsea en semifinales y al Arsenal en la final, con el inolvidable golazo de Nayim al final de la prórroga. Higuera anotó ocho goles en liga, además de jugar cuatro partidos con la Selección y marcar su primer y único gol en una victoria ante Chipre.

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En la 95/96 todo se empezó a torcer para el Zaragoza. Esnáider volvió al Real Madrid y esto, junto con la pérdida de protagonismo de dos de los mejores jugadores del equipo, Pardeza e Higuera, provocó que los blanquillos vagaran en la mediocridad y que el técnico, Víctor Fernández, fuese perdiendo crédito. Años después, el mismo Higuera declaró que nunca llegó a entender por qué se quiso acabar tan pronto con la generación de jugadores que llevaron al Zaragoza a lo más alto: “Son paradojas del fútbol. Cuando se gana algo importante, los equipos siempre acaban dando un salto de calidad. Lamentablemente, en el Zaragoza sucedió al revés. Fue campeón y, después, se empezaron a dar pasos hacia atrás en vez de hacia adelante. No se metió gente para arropar a los jugadores que habían sido campeones. Al año siguiente, empezaron a retirarnos a nosotros. Fue algo rarísimo, porque con 29 o 30 años éramos jugadores enteros y se nos quiso apartar”.

La temporada 1996/97 fue su última en el Real Zaragoza. Con una plantilla en plena reconstrucción por las ventas y bajas de bastantes de los jugadores campeones de la Recopa, el equipo se resintió tanto que se instaló durante muchas jornadas en los puestos de descenso. Víctor Fernández inició la campaña, pero en la jornada 11 fue destituido. Manolo Nieves estuvo de interino durante una jornada, y Víctor Espárrago le tomó el relevo. Pero tras nueve partidos, hubo que echar mano de un clásico del club, el técnico del filial Luis Costa, quien consiguió enderezar el rumbo maño y salvar matemáticamente al equipo con alguna jornada de antelación. En esta última campaña, Higuera alternó titularidad y banquillo, aunque sus cifras mejoraron con respecto a la temporada anterior, pasando de 2 a 6 goles anotados. Fue su despedida del equipo en el que había pasado los mejores años de su carrera.

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Tras esto, se fue a la liga de moda a mediados de los 90 para los jugadores españoles veteranos, la liga mexicana. Allí jugó a buen nivel en el Puebla junto a otro mito de la Liga Española, el ex killer del Oviedo Carlos Muñoz. Tras una temporada, en la 98/99, con 33 años, decidió volver a España para jugar con el Xerez en Segunda B. Jugó en el cuadro xerecista hasta finales de 2000, cuando decidió colgar las botas definitivamente. De esta forma, Higuera despedía una carrera que pudo llegar a ser todavía más importante ya que, cuando se encontraba en su punto álgido, se llegó a rumorear que Johan Cruyff lo pretendió para el Barcelona, por ser un jugador cuyas cualidades encajaban a la perfección con el estilo del holandés.

Higuera

Toda una figura, recordado en Zaragoza por sus grandes goles, asistencias y genialidades, así como por momentazos como su gran sociedad balompédica con Miguel Pardeza, por instaurar la tradición de besar la calva del masajista Kabir Nana tras anotar un gol, o de gritarle a la grada del Bernabéu, en un gesto de rabia incotenida, la frase “Así se marca un gol”, tras dejar patente su inagotable clase en una preciosa vaselina sin ángulo a Buyo. Uno de los mejores futbolistas españoles de los 90, al que nunca se le ha terminado de reconocer en la medida en la que merecían las grandes tardes de fútbol que dio con la elástica zaragocista. No obstante, echando la vista atrás y reviviendo sus mejores momentos, gracias a los vídeos existentes, podemos comprobar parte de la dimensión de su fútbol. Un auténtico artista del balón con un apodo que no le hacía justicia en absoluto.

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