Enseñar a jugar para luego enseñar a ganar

Anteponer los resultados a la formación ha sido siempre uno de los mayores lastres del fútbol formativo. Pero, desde hace unos años, el fútbol profesional actual y los valores sociales imperantes, han provocado que esta tendencia se acentúe en mayor medida. Así pues, no resulta extraño ir a ver partidos de categorías inferiores cada fin de semana y encontrar equipos que carecen de una idea clara de juego, que se quitan el balón de encima sin sentido para no arriesgar, que son incapaces de hacer cuatro o cinco pases coordinadamente o cuyos jugadores muestran una capacidad muy pobre en la toma de decisiones.

Pero vamos a intentar analizar, desde la perspectiva del entrenador, los principales motivos y falsas creencias que nos han llevado hasta aquí, junto con posibles enfoques para intentar optimizar las distintas situaciones.

  1. ¿QUÉ PASA CON LOS CLUBES FORMATIVOS Y SUS ENTRENADORES?

Por desgracia, es una estampa cada vez más y más extendida en el fútbol formativo español. La vorágine resultadista del fútbol de élite ha terminado por devorar también la paciencia y los procesos que, supuestamente, estos clubes deberían seguir para educar y desarrollar el talento y el conocimiento del juego de los jóvenes futbolistas. Los mismos clubes de base exigen estar lo más arriba posible, sea como sea. Resultados. Inmediatez. Ganar como prioridad. En etapas de formación. Contradictorio, pero real. Y peligroso.

En esta misma línea, los entrenadores de fútbol base son cada vez menos “educadores” y/o “formadores”, pero mucho más “motivadores” y/o “competidores”. Muchos de ellos, intentando buscar su gloria personal para poder escalar hacia la élite (o por simple ego), olvidan por completo cuál es su verdadera labor en estas categorías. Tener la ilusión de entrenar al más alto nivel o de crecer es totalmente lícito y ético. Viciar el proceso de enseñanza de los jóvenes futbolistas con el fin de lograr un triunfo que solo sirva para la autopromoción personal no lo es.

entrenador

  1. PERFILES DE LOS ENTRENADORES

En el fútbol de iniciación, enseñar solamente a ganar, antes de enseñar a comprender y disfrutar el juego, es un gran absurdo. Todo el mundo entiende el objetivo del juego, pero la comprensión real del juego es mucho más escasa. El periodista Ignacio Benedetti, referenciando al entrenador catalán Oscar Hernández, expone la diferencia entre “entender el juego” y “comprender el juego”: uno entiende algo cuando es capaz de ejecutar bien una orden o instrucción que se le ha pedido; y lo comprende cuando sabe por qué lo hace, para qué, cómo y, más importante aún, en qué momento debe hacerlo. Sutil gran diferencia.

A partir de aquí, de manera general, se pueden apreciar varios perfiles de entrenadores, en función de su conocimiento del juego y de su capacidad para entrenar:

  1. Entrenadores que comprenden el juego y que lo saben entrenar.
  2. Entrenadores que comprenden el juego pero no son buenos metodológicamente.
  3. Entrenadores que no comprenden el juego y que utilizan una buena metodología.
  4. Y, finalmente, entrenadores que no comprenden el juego y que tampoco aportan una calidad metodológica.

En estos casos, el primer tipo de entrenadores, obviamente, siempre serán los mejores. Pero, entre el segundo tipo y el tercero, la preferencia siempre debería ir por el segundo, ya que, en categorías formativas, un entrenador que comprenda el juego siempre podrá enseñar más y mejores cosas que otro que sabe hacer buenas tareas, pero que no enseña.

  1. MEJOR METODOLOGÍA, PEOR COMPRENSIÓN DEL JUEGO

Además, se está dando una gran paradoja: a la par que aumenta el conocimiento teórico y práctico sobre el juego, también se implementan más y mejores metodologías de entrenamiento y se amplía la formación de los entrenadores de fútbol, pero se juega mucho peor en categorías inferiores. De poco sirve llevar a cabo sesiones de entrenamiento o tareas que parezcan correctas a simple vista, si no están bien planteadas y reforzadas. Si el entrenador no conoce el juego en profundidad y no lo sabe transmitir, es imposible que, por muy profesionales que parezcan sus entrenamientos, vaya a poder enseñar apropiadamente. Y, si encima existe una presión por ganar, todavía menos.

Con toda esta evolución metodológica, nos encontramos ante otro fenómeno que está condicionando también al fútbol base: llevar a cabo tareas de entrenamiento en el que el fin es enseñar a “jugar a la tarea” y no al fútbol realmente. Es decir, que, a veces, se llegan a proponer muchas tareas que, en lugar de ayudar a mejorar el conocimiento del juego pretendido, lo desvirtúan. Hasta el punto de que se les piden a los jugadores objetivos que pueden llegar a ir en contra de la propia lógica del juego. Y, si el futbolista interioriza algo incorrecto, luego lo reproducirá de la misma forma.

Soccer player dribbling through cones

  1. JUGAR AL FÚTBOL O TRABAJAR EL FÚTBOL

Hasta hace unos años, uno de los debates más recurrentes era acerca de qué estilo o qué sistemas de juego son más convenientes para trabajar en el fútbol base. Fútbol directo, de contraataque, combinativo o posicional. Qué formaciones son más adecuadas, cuántos defensas, cuántos medios, cuántos delanteros, con extremos, sin ellos, etc. A priori, todos los estilos de juego pueden ser válidos… siempre que estén bien entrenados y desarrollados. Pero no, los focos ya no apuntan al juego y sus ideas. Estos se han visto eclipsados y desplazados por la mera búsqueda de la victoria, lo que ha provocado que sea cada vez más complicado encontrar equipos de fútbol base con una buena comprensión del juego.

Antes, el fútbol de la calle era la mejor formación inicial posible. En él, los futbolistas aprendían a “jugar al balón” (relación jugador-balón-grupo de compañeros y oponentes) para, posteriormente, que los clubes que les reclutaban les enseñasen a “jugar al fútbol” (jugador con roles concretos y en contexto  de equipos de competición). En nuestros días, no pudiendo jugar en la calle, ese trabajo ya empieza (en teoría) en los clubes y academias, desde edades muy tempranas. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el objetivo se centra en que los niños “trabajen duro, compitan y ganen”, en lugar de que “jueguen, aprendan y disfruten”. Y esta diferencia lo cambia todo.

“Trabajar” como sustituto de “jugar”; “competir” y “ganar” como sustitutos de “aprender” y “disfrutar”. En las categorías más iniciales no se enseñan adecuadamente los fundamentos individuales del fútbol, ni se fomentan la creatividad y la toma de decisiones. Más tarde, en las categorías formativas superiores, arrastrando todo este gran déficit, tampoco se enseñan los fundamentos colectivos pertinentes. Por eso, hoy no es extraño ver a jugadores de élite que, por ejemplo, no saben hacer cosas tan básicas como jugar con las dos piernas, orientarse para dar continuidad al juego o leer los espacios y los tiempos con y sin balón.

  1. JUGAR BIEN Y COMPETIR BIEN

Al respecto de todo lo que acabamos de comentar, el resultadismo también ha conseguido apropiarse del término «competir”. Es decir, que parece que quien prioriza enseñar a jugar, más allá del resultado, no está enseñando a competir. En cambio, a quienes anteponen el resultado, siempre se les etiqueta como buenos “competidores”. ¿Por qué? Pues porque, a falta de otros argumentos de peso, se escudan en lo de siempre: que ellos se centran en competir bien, por encima de jugar bien. Y ya se sabe: “una mentira, repetida mil veces, se convierte en una verdad”.

El ser humano es competitivo por naturaleza, especialmente cuando es joven. Es más, en un deporte como el fútbol, es inconcebible que alguien no quiera ganar. La cuestión en el fútbol formativo es: ¿cómo quieres ganar: a partir de la enseñanza y comprensión del juego o de cualquier forma? La competición, entendida de una forma sana como juego, es una de las mejores herramientas educativas. El entrenador y formador argentino Rubén Rossi, de quien ya hablamos en otro artículo, define perfectamente el objetivo de la competición en categorías de base: “en el fútbol infanto-juvenil se compite para aprender a jugar, no para aprender a ganar”.

Competir-Jugar-Ganar. Estas son las tres claves. Se compite para aprender a jugar y se aprende a jugar para tener más opciones de ganar. Cuando eliminamos de ese proceso la parte de aprender a jugar y solo competimos para ganar como sea, estamos destrozando todo el proceso formativo del fútbol. Le estamos robando la posibilidad de aprenderlo adecuadamente, de entenderlo y de comprenderlo, de disfrutarlo. Lo estamos pervirtiendo. Y en el fútbol, como en la vida, cuanta mejor formación y recursos tengas, más conocimiento y herramientas tendrás para poder competir óptimamente, lo cual siempre te acercará más al triunfo.

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  1. TELEDIRIGIR AL JUGADOR

Otra mala costumbre que se da en los entrenadores de fútbol base, derivada del ansia de ganar, es la de intentar teledirigir al jugador. El miedo a perder por parte del entrenador nos lleva a estar encima de los jugadores para que no cometan errores, que no bajen la intensidad y evitar fallos que puedan desembocar en una derrota. Pretendemos enseñarles a jugar con autonomía, pero sin darles opción al error, al análisis y corrección propios y tratando de darles la solución más oportuna… para el propio entrenador y desde un punto de vista externo al partido.

Sin darnos cuenta, sacrificamos su proceso educativo por nuestro propio egoísmo. Pero debemos entender que es el jugador el que juega, mientras el entrenador se queda en la banda. Ayudar es positivo; coartar su capacidad de tomar decisiones no. Desde luego, haciendo esto solo vamos a poder crear jugadores-robots. A determinados entrenadores les gusta esto, aunque es justo lo contrario a enseñar a jugar. Si se teledirige, se enseña a entender el juego, pero no a comprenderlo.

Para enseñarles a jugar, hay que crearles contextos de juego adecuados a lo que podrán encontrar en los partidos y que sean ellos mismos los que, practicando, aprendan mediante ensayo-error. En este caso, la mejor forma de ayudarles se encuentra en dejarles hacer, guiarles y aportar un buen feedback, preferentemente interrogativo, en el que se les guíe para que sean ellos mismos sean quienes lleguen a comprender lo que han hecho bien y mal. Confucio lo supo exponer mejor que nadie: “me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí”. Preguntándoles, además, podremos entender mejor el punto de vista del jugador e, incluso, llegar conclusiones distintas a las que nos habíamos planteado.

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  1. LOS PELIGROS DE GANAR DE CUALQUIER FORMA

Esa corrupción del juego, ese “ganar de cualquier forma” en categorías de formación, deriva en situaciones perniciosas tales como: se exige ganar el campeonato de liga infantil, cadete o juvenil como sea, sin importar el juego desarrollado ni la formación ofrecida; se les enseña a perder tiempo, a hacer faltas y a comportarse como “veteranos”; si hace falta, se les hacen tareas y charlas motivacionales sacadas de equipos de profesionales de élite y se les inculca que el fútbol es una batalla a vida o muerte; que, si no ganan, vivirán con eso el resto de sus vidas; que no importan los medios utilizados para lograrlo, sino el fin en sí mismo; que da lo mismo si hay jugadores que no participan o solo salen para perder tiempo en el descuento; o que, con 13-14 años, algunos estén señalados por el entrenador porque “no tienen nivel”.

Como hemos dicho anteriormente, buena parte de los entrenadores de fútbol base se enfocan en ganar al huir de una potencial etiqueta de “perdedores”, que podría “lastrar” su futura carrera. Pero hasta Javier Clemente, uno de los entrenadores estandartes de la corriente resultadista en España, ha repetido en diversas ocasiones que, en el fútbol base, los jugadores deberían aprender a jugar diversos estilos, posiciones y sistemas de juego. “A los críos hay que enseñarles lo que es el oficio de futbolista. Y, a los profesionales, hay que enseñarles a ganar”, sentenció el rubio de Barakaldo.

  1. SABER DECIDIR BIEN ES SABER JUGAR

¿Cuál es la clave para enseñar a jugar? Si únicamente se transmite la idea de que solo vale ganar, no se está enseñando al joven futbolista a comprender el juego y, sobre todo, a tomar decisiones. La toma de decisiones marca la diferencia entre saber y no saber jugar al fútbol. Comprender o no el juego. Un futbolista puede tener una técnica individual perfecta con el balón pero, si después no sabe interactuar con los compañeros y oponentes durante el juego, no podrá llegar a ser nunca un gran futbolista.

Un caso muy clarificador es el de Hachim Mastour, un freestyler ítalo-marroquí, que se hizo muy famoso siendo adolescente por subir vídeos a Youtube con sus asombrosos malabarismos y que llegó a retar a jugadores top como Neymar o Materazzi. Los grandes clubes se peleaban por él. Con 16 años lo fichó el Milan. Con 17 lo cedieron al Málaga. Y, desde entonces, ha ido pasando de equipo en equipo, dejando mucho que desear y mostrando algunas pinceladas aisladas de calidad individual y enormes lagunas en cuanto al juego colectivo y la toma de decisiones.

Con ello se demuestra que, una cosa es ser un gran freestyler y otra, muy distinta, ser un buen futbolista. Este mismo ejemplo nos sirve para desmontar el mito de que la mejor forma para enseñar la técnica (ejecución teóricamente “perfecta”) en el fútbol es de forma analítica al futbolista. Ayudarnos de las tareas analíticas para el perfeccionamiento puede ser un recurso, pero nunca debe ser el método principal.

  1. GANAR Y PERDER COMO MEDIOS PARA EDUCAR

La derrota es parte importante de la vida y del fútbol y, muchas veces, se nos olvida por completo. Los jóvenes necesitan comprender que la derrota no es sinónimo de fracaso cuando uno compite con todos los medios a su alcance, tratando de poner en práctica sus mejores argumentos de manera lícita y ofreciendo todo su esfuerzo. Aprender a perder es tanto o más importante que aprender a ganar, pues te enseña a saber reconocer el mérito del oponente, a ser autocrítico y exigente, a analizar tus errores, a pensar en cómo poder corregirlos y, en definitiva, a mejorarte a ti mismo. Enseñar un deporte queriendo obviar la derrota es un error que desemboca siempre en fracasos deportivos y personales (en casos extremos, siendo “juguetes rotos”).

En una entrevista de 2019, el actual entrenador del Barça, Quique Setién, comentó: “Hace poco leí una reflexión de Perico Delgado que me encantó, que decía que los segundos ya no valen para nada. Y estamos transmitiendo a nuestros hijos o nuestra juventud que si no ganas no eres válido. Y vamos a crear una cantidad de fracasados tremenda. No hay que valorar tanto la victoria, porque sólo la consigue uno. Todos los demás pierden. Hay que valorar el esfuerzo, cómo manejas los recursos que tienes, otras muchas cosas que merecen la pena, la verdad. Estamos complicando mucho las cosas para los que vengan, estamos creando una sociedad en la que sólo vale el ganar. Y no es así, no debería ser eso”.

  1. MEJORAR DEPENDE DE NOSOTROS

Como entrenadores formativos, no podemos evitar que haya entrenadores, medios de comunicación, clubes, dirigentes, familiares y jugadores tóxicos. Pero hay algo que nosotros podemos hacer para mejorar las cosas y que depende, única y exclusivamente, del ejercicio de nuestras funciones. No me refiero a cuántos partidos o competiciones ganemos. Tampoco de lo sofisticadas que sean nuestras metodologías y tareas de entrenamiento. Se trata de elegir qué y cómo queremos enseñar a nuestros/as jóvenes futbolistas.

Para tal fin, lo más importante es, primeramente, convencernos de que, en el fútbol base, el objetivo fundamental es la formación de personas y jugadores, no la victoria. Seguidamente, estar abiertos a aprender a comprender el juego cada vez mejor y desechar el pensamiento de que lo sabemos todo. Después, crear una metodología de entrenamiento propia, actualizada y adecuada, que no vaya en contra de la lógica del juego (aportar aprendizajes significativos). Y, por último y no menos significativo, mejorar el feedback que somos capaces de dar, ya que de este depende el que un aprendizaje se consolide o no se dé.

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Carles Martínez, entrenador de las bases del FC Barcelona, lo sintetiza acertadamente: “Es muy importante que se entienda (comprenda, en este caso) el juego para poder interpretar lo que está pasando en el partido”. Ese es el trabajo del entrenador de fútbol formativo: enseñar a comprender el juego, para que el jugador sepa descifrar y dar soluciones a las situaciones que acontecen durante el juego. Enseñar a jugar para luego enseñar a ganar. Sin esta premisa, no se pueden formar buenos futbolistas. Sin buenos futbolistas, el fútbol pierde calidad y brillantez. Se vuelve monótono, escaso de recursos y mediocre. Y, por si fuera poco, se corrompe la cultura de nuestro deporte.

 “Si no sabían por qué ganábamos, ¿cómo van a saber por qué perdemos?”

(Johan Cruyff)

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