El eterno goleador

Paco Salillas (Alagón, Zaragoza, 07/01/1966) nunca fue un jugador al uso. En una época en la que se premiaban mucho el físico y la fuerza, sus cualidades más importantes como delantero siempre fueron la velocidad, la inteligencia, la habilidad y el oportunismo, dada su corta estatura. Quizás por ello nunca terminó de triunfar en Primera, aunque sí en Segunda y Segunda B, donde se convirtió durante años en uno de los goleadores más implacables del panorama español.

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Llegó al filial del Real Zaragoza con 21 años, tras haberse salido en la Tercera Aragonesa con el Teruel y aceptando cobrar mucho menos dinero del que recibía anteriormente. Tras destacar también en el Aragón, junto a los Pablo Alfaro, Villarroya, Vizcaíno, etc., el técnico serbio del primer equipo, Radomir Antic, decide promocionarlo. Durante las temporadas 1988/89 y 1989/90, a las órdenes de Antic, Salillas juega muchos partidos y, sin ser fijo, se convierte en un habitual de la delantera maña. Sin embargo, en la temporada 1990/91, en la que el Zaragoza se salva en una agónica promoción del descenso a Segunda, y tras contar con escasas oportunidades, el nuevo técnico, el joven Víctor Fernández le abrió las puertas para buscarse un nuevo destino.

Salillas, que siempre antepuso su interés por buenos proyectos con contratos interesantes a la categoría de los equipos por los que fichaba, marchó al Celta de Vigo para jugar en Segunda y ascenderlo a Primera en una sola temporada. Así pues, el delantero de Alagón volvía a Primera en la campaña 1992/93, en la que alternó titularidades con el también zaragozano Salva, acompañando a Vlado Gudelj. Al año siguiente, Salillas perdería protagonismo en una campaña histórica para los vigueses, en la que alcanzaron por primera vez en su historia la final de la Copa del Rey, que perdieron en los penaltis, precisamente, contra el Zaragoza. El aragonés fue uno de los artífices de la clasificación para la final, pero finalmente no la jugó.

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Continuando con su filosofía, y ante la falta de oportunidades, el delantero decidió probar fortuna en el Lleida, recién descendido a Segunda División. Con sus goles casi logran el ascenso al primer intento, pero no pudo ser. Y en su segunda temporada el rendimiento de su equipo fue mucho más mediocre. Es por ello que, para la temporada 1996/97, Salillas se aventuró en fichar por el Villarreal, un conjunto humilde que estaba creciendo poco a poco. La primera temporada fue buena, pero en su segundo curso consiguieron el primer ascenso de la historia del club amarillo a la élite del fútbol nacional, siendo Salillas el pichichi del equipo con 17 goles. Sin embargo, ya en Primera División, Alfaro, Craioveanu y Moisés le volvieron a dejar sin apenas minutos, por lo que decidió dejar el equipo en noviembre y marchar al Levante… ¡¡en Segunda B!!

Con el “Levante de los portugueses” (Veiga, Juba, Constantino) y el mítico marfileño Félix Ettien, Salillas logra otro ascenso, esta vez a Segunda, categoría en la que llevaría a cabo dos muy buenas campañas con los granotas, anotando 20 y 17 goles respectivamente, volviendo a llamar la atención de algunos clubes de Primera División a sus 34 años. Pero, de nuevo, se decide por volver a Segunda B con un histórico, el CD Castellón. Tras dos campañas repletas de goles (sobre todo la primera) en las que los albinegros rozan el ascenso, el delantero zaragozano decidió volver a su tierra a los 36 años, para jugar en equipos de Tercera y Regionales, en los que continuó marcando goles hasta los 41 años.

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Toda una carrera llena de goles, ascensos y cambios de equipo, en busca de sitios en los que sentirse querido y valorado, y donde poder disfrutar del fútbol. Un delantero muy difícil de marcar para los defensas, debido a su rapidez, astucia, viveza y calidad para finalizar. De esos a los que si dejabas pensar dos segundos, sabías que estabas perdido. Un tipo peculiar que mantuvo la vitola de eterno goleador hasta sus últimos días como futbolista.

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